El catastrófico incendio de Valparaíso coloco en evidencia los problemas de planificación urbana que experimenta esta ciudad. Es un hecho que el siniestro arrasó con barrios emplazados en zonas de riesgo. El enorme impacto urbano del incendio ha llevado al límite, una manera de ocupar el territorio, que debe ser revisada.

La instalación de asentamientos urbanos en sectores ambientalmente riesgosos, es una antigua práctica de Valparaíso. La actividad portuaria y el temprano desarrollo industrial, atrajeron oleadas de obreros, que se localizaron en quebradas y laderas, expandiendo la ciudad hacia los cerros. Las dinámicas sociales emergidas a mediados de siglo XX, aceleran la ocupación espontánea del territorio,configurándose un patrón de crecimiento irregular, irreversible hasta nuestros días.

Frente a este fenómeno, el Estado ha actuado de manera bipolar. Por un lado, los Instrumentos de Planificación han regulado los asentamientos en laderas y quebradas. Por ejemplo, el derogado Plan Intercomunal de Valparaíso, (1965) estipulaba para las quebradas una faja de restricción de 60 metros, condicionando la edificación en ellas. Por el contrario, las autoridades en distintos momentos, han utilizado atajos legales, para formalizar el crecimiento irregular, institucionalizando la falta de planificación. De esta manera, mediante leyes que regularizan la propiedad privada, se fue “normalizando” el crecimiento espontaneo, eludiéndose las exigencias de la LGUC. Adicionalmente, los programas de pavimentación, urbanizan de manera precaria estos asentamientos, dándoles mínimas condiciones de funcionamiento.

Hoy, la segregación espacial establecida por el mercado de suelos, produce que los cerros de Valparaíso sigan creciendo en base a campamentos. Este hecho profundiza la exposición de los segmentos vulnerables a riesgos ambientales, relacionados principalmente a la remoción en masa, aluviones e incendios. Factores tales como el uso de las quebradas como microbasurales y el material ligero de las construcciones facilitan la reproducción de los incendios. Adicionalmente, el reemplazo de la vegetación nativa, por bosques de pinos y eucaliptus, genera una enorme biomasa que actúa como un explosivo combustible. A esto hay que agregar la expansión de la estación seca, producto del cambio climático en conjunto con el efecto “chimenea” de las quebradas. Finalmente, la limitada red de conectividad, originada en la fragmentación del territorio, dificulta el acceso y la operación de vehículos de emergencia, retrasando las reacciones a las catástrofes.

Resulta insólito comprobar que la continuidad de los desastres en Valparaíso no ha generado un cambio en la manera como se enfrentan los problemas. El cerro La Cruz, por ejemplo, pese a ser arrasado por un incendio el año 2008, fue repoblado. Este arraigo a los lugares probadamente peligrosos, pueden explicarse por la falta de oportunidades y el sentido de pertenencia de muchas familias, pero no son aceptables, para las acciones del Estado de Chile en el Siglo XXI.

Sera difícil evitar que gran parte de las familias, vuelvan a ocupar los antiguos asentamientos, por tanto, en el corto plazo se debe generar plan que permita reducir riesgos, incluyendo mejoras en la conectividad, control sobre basurales, cortafuegos, construcción de estanques de almacenamiento de aguas, fiscalización de la autoconstrucción y fortalecimiento de redes vecinales, respecto de los problemas ambientales.

Esta tragedia debe significar un punto de inflexión, en la Planificación Urbana del Gran Valparaíso, ubicando en el centro de la discusión política, el desarrollo del área metropolitana. En esto resulta clave detener el crecimiento informal de las periferias y acelerar la inversión urbana para solucionar la escasez de suelo urbano, otorgando opciones seguras de localización de los segmentos más vulnerables. Hoy no es tanto un problema de recursos, sino de liderazgo político.

Columna publicada en El Dínamo. 15 de abril de 2014.

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