En febrero del año 2013, mientras se exhibía la exitosa serie “El Patrón del Mal” la ciudad de Medellín, resultaba electa la urbe más innovadora del mundo por el concurso “City of The Year”. El merito de esta ciudad para tal distinción, se basa en su novedosa transformación urbana, que ha permitido enfrentar la segregación y la pobreza, con resultados esperanzadores.

Mucho de este “proyecto de ciudad” se sintetiza en el lema “Lo más bello, para los más humildes” acuñado por el ex Alcalde Sergio Fajardo. Bajo esta idea, barrios estigmatizados por el narcotráfico, fueron recuperados mediante mejoras al espacio público, dotación de centros cívicos y un innovador plan de conectividad, que integra teleféricos, escaleras mecánicas y ciclovías. Estas medidas, que valorizan el planeamiento urbano como antídoto a la pobreza, despertaron el interés por el caso de Medellín en la comunidad urbanística de nuestro país, abriendo una oportunidad para revisar la obsoleta institucionalidad urbana chilena, que dista mucho del modelo administrativo que sustenta el éxito de esta urbe colombiana.

Colombia ha apostado por la descentralización, siendo sus ciudades autónomas respecto a la administración de sus recursos. Por otro lado, la Alcaldía de Medellín posee los servicios básicos de la ciudad (agua, electricidad y gas) agrupados en una empresa pública, lo cual permite controlar los procesos de urbanización. Adicionalmente existe la Empresa de Desarrollo Urbano, que planifica la urbe, con un fuerte acento en el control y gestión del suelo urbano. Por último, Medellín ha incorporado la creatividad para la solución de problemas complejos, dando cuenta los teleféricos y escaleras mecánicas implementadas, de la innovación con la cual se está abordando la movilidad urbana.

Por el contrario, Chile es un país centralizado, donde la administración urbana se encuentra atomizada, produciendo descoordinaciones Kafkianas en las ciudades. A esto hay que sumar el imperio del dogma subsidiario, como única política pública de vivienda, lo cual incrementa la segregación. Finalmente, Chile se encuentra prisionero de lógicas de inversión pública de gran reduccionismo, que ignoran la complejidad del espacio urbano
Utilizar el ejemplo de Medellín como espejo de los problemas urbanos de Chile, requiere superar la legítima fascinación que producen sus recientes obras de Arquitectura y focalizarse en los atributos del ordenamiento administrativo colombiano.

Bajo este prisma aparecen los problemas estructurales de nuestro modelo de desarrollo, que se traducen en el centralismo crónico, el dogma subsidiario y el reduccionismo de la inversión pública. En tiempos donde nos preparamos para discutir nuestro ordenamiento constitucional, vale la pena cuestionar nuestra institucionalidad territorial, que impide que nuestras ciudades sean parte de la solución a la pobreza y la inequidad. Después de todo, es en las atestadas calles donde las políticas públicas se hacen realidad.

Columna publicada en El Dínamo. 10 de enero de 2014.

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