Se ha escrito bastante de esta ciudad colombiana y su transformación urbana. Yo mismo lo hice un par de veces en La Tercera, así que quise variar en este caso, y aprovechar que estoy en Medellín, para contarles del viaje que hice en el Metrocable.

Se trata de un teleférico de dos líneas, que se construyó para acceder a los cerros más pobres y afectados por la violencia del narcotráfico. Por ello sorprende que la visita sea recomendada en hoteles y folletos turísticos que destacan el Metrocable como ocurre en Santiago con el cerro San Cristóbal o el barrio El Golf.

Luego de un viaje de 20 minutos, por un Metro impecable, la sugerencia cobra todo sentido. El visitante se encuentra con una estación intermodal que ofrece imagen casi surrealista: gigantescos pilares del teleférico, con carros de colores suspendidos que llegan a modernas estaciones elevadas sobre los cerros.
La primera estación se llama Andalucía y la llegada conmueve. Es un edificio impecable, con terrazas y rampas que regalan vistas panorámicas de Medellín y los barrios circundantes, incluyendo la remodelada calle 107, que vale la pena recorrer pese a su abrupta pendiente.

Luego viene la estación Santo Domingo, emplazada en un sector donde se construyeron muchos edificios públicos de buen diseño como escuelas, sedes sociales, centros de emprendimiento y la imponente Biblioteca España, con su parque y plaza de acceso.

Estos edificios se conectan con las estaciones mediante paseos, áreas verdes y miradores, cuyos muros de contención han sido transformados en murales o juegos para niños, potenciando el efecto revitalizador del teleférico.

Todo ello hace que el visitante olvide la triste historia de violencia y muerte que carga este distrito.
Sería incorrecto atribuir este logro solo a estas obras públicas, ya que la pacificación fue resultado de muchas políticas y aún no termina. Sin embargo el Metrocable fue una pieza clave por tres razones a lo menos.

Primero entregó dignidad a sus habitantes, por años estigmatizados y atemorizados, y que hoy hablan con orgullo de sus carros de colores, las modernas estaciones o los espacios públicos que se construyeron.

En segundo lugar, el Metrocable le recordó a los habitantes de Medellín que esta realidad existía y puso estos cerros segregados en el mapa de atributos de la ciudad, junto a su centro histórico, los mejores restoranes o los barrios de tiendas exclusivas, lo que constituye una potente e innovadora forma de integración social.

Por último, el Metrocable demostró la importancia de la buena política. Su gestor fue Sergio Fajardo, un profesor universitario que decidió postular a la alcaldía con una visión clara: llegar cuanto antes a estos barrios críticos con inversiones sociales.

Esta claridad contrasta con la dispersión de los programas presidenciales chilenos. La educación por ejemplo es vista con un reduccionismo alarmante, donde sólo parecen importar los recursos, haciendo omisión del barrio, la seguridad del entorno, o la forma en que llegarán los estudiantes.

El transporte esta relegado a un lugar secundario con metas relacionadas con velocidad, evasión o cobertura; mientras que en vivienda y urbanismo, toda la creatividad parece estar puesta en inventar el nuevo subsidio.

En Medellín la clave fue invertir, con dignidad espacial y foco territorial, es decir, donde más se requería. Por ello esta obra pública dejó un legado notable cuyo recorrido de tres estaciones permite entender el sentido más profundo del Estado y de lo público. En definitiva, de la buena política, esa que tanto añoramos en Chile.

Texto publicado en La Tercera, 16 de agosto de 2013.

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