La vida social y la extensión de la persona se configura en la ciudad.

Sin embargo, la ciudad se hace cada día más impenetrable, agreste y ruda.

Muchas cosas son difíciles. Desde luego trasladarse. También ocupar espacios públicos de calidad y tener garantizada una cierta seguridad de aquellas que permiten desplazarse de una cuadra a otra sin sentir temor.

Una mayoría social, como es el caso de la Región Metropolitana, no ve incentivos para emigrar de ella y prefiere seguir contribuyendo a la concentración del poder, no sólo formal, sino también territorial para que continúe el peregrinaje.

Hay ciudades (prefiero esa denominación a comuna que la siento más administrativa y ciertamente lejana del espacio propio) que tienen diferencias irreconciliables con otras. Y esas diferencias no son propias de la diversidad territorial, sino un producto de una estructura culturalmente injusta en la distribución de los recursos y en el modo en que la tradición cultural cobra forma para la toma de decisiones.

Por ejemplo, los invito a revisar el alumbrado público de las comunas con más recursos y las de menores recursos. También, a revisar el mismo alumbrado en una misma ciudad, según el barrio que se trate. En un barrio acomodado, si bien las calles son poco usadas porque el desplazamiento acontece en los autos personales, la iluminación tiene una potencia distinta que en aquellos barrios donde viven personas y familias con menores ingresos, donde el desplazamiento es significativamente mayor en transporte público y las calles se ocupan más por los transeúntes.

¿No debería ser al revés la inversión?

¿No debería ser al revés la inversión, por ejemplo, en los pavimentos participativos? ¿Porqué aquel no es un programa dirigido a los sectores altos y medios de manera preferente y no a los sectores de menores oportunidades? ¿Quién puede más?

Un desafío siguiente puede ser la revisión de las áreas verdes. En los barrios de mayor poder adquisitivo, hay jardines frente a las casas, bandejones centrales a los que acude el funcionario municipal con su riego cotidiano, y hay, en otros barrios, tierra en los antejardines y bandejones centrales donde ni las malezas se asoman y ni un árbol ofrece la sombra o el oxígeno que ofrece a raudales en otras comunas.

Si lo pensamos desde el punto de vista de la biodiversidad, donde hay más árboles y vegetación, hay un entorno que invita a la integración, porque la naturaleza ofrece mágicamente lugares de encuentro. Dónde aquello no ocurre, hay menos pájaros, menos insectos, no existen oportunidades de floración de especies y con ello disminuyen las posibilidades de admirarse con entornos naturales.

¿Porqué hay menos plazas en los sectores de menores recursos y más terrenos baldíos? ¿Qué hay tras esa realidad que es ciertamente objetiva?

Podemos seguir en la educación, en la salud o desde luego en el transporte. Temas sobran para descubrir las asimetrías en la construcción de la belleza de la ciudad.

La provisión de los bienes públicos con vocación de cierto desarrollo con proporción es una deuda de visión y de misión. No estamos en un debate en que la belleza de nuestras ciudades sea parte de la conversación política, ni menos vemos estos aspectos asimilados a derechos esenciales de las personas.

¿Qué opinan los urbanistas, los arquitectos, los ingenieros o paisajistas que están en la planificación de la ciudad y en el diseño de los estándares? ¿Cuánta belleza puede aportar el Estado local, desde su acción creadora, para crear entornos de mayor simetría social? ¿Quién gobierna las ciudades? ¿El diálogo social o el mercado?.

No soy ni he sido anti – mercado, pero creo que la ciudad merece un tratamiento de visión, de objetivos, de propósitos a la altura de lo que la política persigue como oficio y que tiene su significación en el bien común o de la justicia, que tiene su máxima en aquella vieja frase de dar a cada uno lo suyo. ¿Qué es lo suyo? ¿Los recursos? ¿Y quién no los tiene? ¿Cuáles son los bienes públicos a los cuáles puede optar o merecer un conjunto de personas? ¿De qué depende?

En estos días, miles de ciudadanas y ciudadanos chilenos trabajan de manera incansable por iniciar un camino que los lleve a conducir una ciudad desde una Alcaldía o bien para ser parte de un cuerpo colegiado (Concejales) que pretenden resolver el modo, la mayor de las veces casuístico, de la vida social de su comunidad. ¿Cuál es la visión tras ese propósito? ¿Está presenta la belleza como objetivo y sus externalidades?

En un contexto donde la sociedad se ha vuelto contra la política, la ciudadanía no sabe y muchas veces no le interesa la acción que emprenden muchos por ocupar un espacio público de decisión. Todos sospechosos de una realidad cultural aceptada como genuina y verídica, donde la política no tiene el cartel del oficio donde están los “primus inter pares”, aún cuando los haya, el factor condicionante será el embriague comunitario que se entralaza con los sueños de la comunidad y en ello la belleza siempre es un anhelo.

Hoy, decía el señor músico argentino Melero, que las simetrías no se tratan de un punto equidistante entre la izquierda y la derecha, sino como el punto que fluye entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Por ahí creo que hay un camino.

La belleza en el territorio es un propósito. En mi opinión, en los próximos eventos electorales hay que poner en el centro de cada propuesta e idea a las personas y su desenvolvimiento en la ciudad, tal cual cómo lo hacen aquellos países a quienes todos dicen admirar a la hora de los balances porque tienen estrategias de desarrollo sustentables, sostenibles o con una alta vocación por la paz social. Aquella que genera una estética que invita a encontrarse con otros a partir de un entorno y contexto que asegure integración, interacción y nuevas conversaciones creativas y dinámicas como se supone que es el mundo global en que hoy nos movemos.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Tumblr